-- ¿Actitud? -- Preguntó inocentemente la bonita
-- Sí, actitud. Actitud es lo que le falta a la gente a veces.
-- No te entiendo.
-- Es fácil, mira, -- Me asomé por el balcón. -- ¿Ves al tipo que va ahí? El de la camiseta amarillo pollo. -- Señalé al desafortunado infeliz.
-- Sí.
-- Grítale alguna mala palabra que vaya directo a él, que se sienta aludido.
-- ¿Qué?
-- Y te sordeas... Está bien, no va contigo, no tienes la actitud. De eso hablo, bonita. Mira. -- Tomo aire hasta llenar mis pulmones y grito tan fuerte como me es posible -- ¡Hey, cabrón, vete a chingar a tu madre con ese puto color de mierda! -- Y sonrío por mi desfachatez. El tipo voltea pero solo ve a dos lindas jovencitaas platicando en el balcón. --- Solo es cuestión de actitud.
El pequeñísimo departamento estaba desolado cuando Amelia llegó por la noche. Aún con toda la austeridad con la que vivía, se sintió afortunada. Fue directo a la habitación, se sentó en la cama dejando de lado el bolso para marcar un número en su celular. —¡Marian, me dieron el empleo! ¡Tenemos que festejarlo! —Habló entusiasmada. La chica del otro lado del teléfono le dijo algo que le cortó toda la emoción. —Oh... sí, entiendo. No, no te preocupes, ya será luego. —Sonrió un poco triste y colgó dejándose caer hacia atrás en la cama. Fue entonces que el silencio la hizo regresar a la realidad, esa realidad en la que se encontraba sola y miserable. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, y ella la dejó libre, no era necesario que se avergonzara, ni tenía que guardar apariencias. Ahí no había nadie. Se puso de pie y tomó su bolso para rebuscar en él su libreta que hacía las veces de agenda. Escribió lo que le hacía falta a ese lugar tan deprimente para poder com...
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