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1. Primer día

El pequeñísimo departamento estaba desolado cuando Amelia llegó por la noche. Aún con toda la austeridad con la que vivía, se sintió afortunada. Fue directo a la habitación, se sentó en la cama dejando de lado el bolso para marcar un número en su celular. 
—¡Marian, me dieron el empleo! ¡Tenemos que festejarlo! —Habló entusiasmada.
La chica del otro lado del teléfono le dijo algo que le cortó toda la emoción.
—Oh... sí, entiendo. No, no te preocupes, ya será luego. —Sonrió un poco triste y colgó dejándose caer hacia atrás en la cama.
Fue entonces que el silencio la hizo regresar a la realidad, esa realidad en la que se encontraba sola y miserable. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, y ella la dejó libre, no era necesario que se avergonzara, ni tenía que guardar apariencias. Ahí no había nadie. Se puso de pie y tomó su bolso para rebuscar en él su libreta que hacía las veces de agenda. Escribió lo que le hacía falta a ese lugar tan deprimente para poder comenzar a llamarlo "hogar". La lista no era muy larga, de hecho no podía pensar mucho, su mente vagaba a un lugar en la nada. Todo lo que podía pensar era triste y solitario. Volvió a tomar el teléfono y comenzó a revisar los nombres de los contactos, se detuvo en un par de nombres.
—Dante... Estrella... René... —Suspiró con melancolía.
De pronto escuchó los tacones de su vecina resonar por el pasillo. Siempre hacía mucho ruido al caminar. Decidió salir y hacer como que se asomaba al balcón. Ahí estaba ella, preciosa, una de las mujeres más femeninas que hubiera visto en su vida. Con un sencillo vestido de manta blanca y tacones adornados con intrincados nudos en sus correas. En la mano llevaba su habitual sombrero de playa y un bolso clutch color hueso. El cabello ondeaba al viento como en las películas.
—Buenas noches. —Saludó la joven deteniéndose frente a su puerta y sacando una llave sola con una pluma amarilla y verde como llavero.
Amelia se puso nerviosa y no supo qué decir. En el momento en que la cerradura hizo "click" liberando el seguro se atrevió a devolver el saludo.
—Buenas noches. — Sonrió torpemente.
La otra chica le devolvió la sonrisa. Era encantadora. Luego entró y cerró tras de sí.
Amelia volvió al interior de su propio departamento y se tendió en la cama. Decidió que no tenía hambre y se limitó a ponerse el pijama e irse a dormir. Mañana sería otro día.

El despertador sonó muy temprano. Se apresuró a tomar un baño y arreglarse. Debía lucir bien en su primer día. Se maquilló para luego acomodarse el cabello con una bonita diadema borgoña que hacía juego con los tacones y el amplio bolso. Se miró al espejo de cuerpo completo que tenía detrás de la puerta del closet, la falda recta en gris y la camisa blanca le hacían lucir formal. Posó de un lado y luego del otro, examinándose a conciencia hasta que se sintió totalmente segura de que lo que veía le gustaba, solo entonces salió de su casa y se apresuró a tomar el transporte público que la llevaría hacia el futuro.

En el portón de la Universidad había un guardia de seguridad ya la esperaba para entregarle su nueva identificación. No la revisó, solo la tomó y corrió en tacones hasta estar cerca del edificio. Se detuvo antes de entrar por la puerta de acceso directo a la radiodifusora, sacó su espejo portátil y se aseguró de seguir luciendo perfecta. Entró con seguridad y una chica de cabello negro con flequillo plateado se detuvo frente a ella.
—¿En qué te puedo servir?
—Busco a la Licenciada Ericka Macías.
—Buenos días, Amelia. —Se adelantó una mujer de jeans, camisa blanca y saco negro. —Me da gusto verte.
La joven que la había recibido estaba por escabullirse pero fue retenida por la mano de la licenciada.
—Cereza, localiza a los muchachos, ya deberían estar aquí para la junta.
—Sí, señora.
—Amelia, acompáñame. —La mujer de rulos claramente teñidos en un color claro que pretendía ser rubio pero que más bien parecía alguna variante del cenizo, dirigió a la joven hasta la sala de juntas donde le indicó su lugar junto a ella. —De lunes a viernes, a las diez en punto tenemos una reunión de todo el equipo del turno diurno donde exponemos algunos puntos importantes. Es prioritario que te presentes a todas las reuniones.
—Entendido. —Asintió la joven.
En ese momento entró el equipo completo y se arremolinaron alrededor de la mesa. No había sillas suficientes pues apenas era una oficina improvisada de dos por dos. Cereza tomó asiento frente a Amelia y a su lado otra jovencita de flequillo verde con una perforación en la nariz cerraba un paquete de papas fritas.
Un joven altísimo y moreno de cabello largo entró con otro de estatura promedio, los dos parecían adormilados.
—Buenos días, jóvenes. Primero que nada quiero presentarles a Amelia Montes.
Todas las miradas se clavaron en la nueva.
— Se integra hoy a nuestro equipo como auxiliar de controles. —continuó la licenciada —La idea es que en máximo un mes esté reemplazando a Marco que se va a nuestro canal universitario.
El joven altísimo despeinó a otro que estaba a su lado. Amelia supuso que él sería Marco.
—¿Alguna novedad?
—No hay azúcar. —Contestó el joven alto.
La mujer lo miró sin inmutarse y lo ignoró.
—Tengo la lista de música que necesitaré para esta tarde. —Agregó Cereza entregando un formato a la directora de la radiodifusora. —El tema que quiero tratar esta semana es el estigma que representa llevar dreadlocks.
—Ya te había dicho que es un tema delicado.
—No voy a levantar en armas a los estudiantes, ya hablamos de eso. Pero es importante que el estudiantado sepa a dónde se mete cuando decide hacerse un cambio de look tan radical. Además la mayoría no saben ni qué significa y lo hacen más por moda o anarquía que por el verdadero trasfondo  religioso.
—¡Ay, Cere! A la única que le importan las religiones pachecas es a ti. —se mofó uno de los muchachos.
La jovencita le lanzó una mirada de desprecio.
La reunión continuó con los temas que serían tratados en las noticias de las dos, los cambios en la publicidad, las grabaciones que debían ser hechas ese mismo día y acabó por desviarse hasta hablar de los conos de papel para beber agua.

Todos salieron de la oficina excepto Amelia y Marco, quien esperaba a la primera junto a la puerta.
—Vamos, te mostraré lo que debes hacer. —se adelantó y llevó a la joven hasta la cabina de controles. —no hablas mucho ¿eh?
—Solo estoy un poco nerviosa. —Se disculpó.
—No te preocupes, aquí eso se quita pronto. Cereza, por ejemplo, —señaló a la joven que ya se instalaba en la cabina de grabaciones junto con la de flequillo azul, al otro lado del cristal. —ella comenzó aquí el año pasado, sin decir una sola palabra a nadie. Ahora colabora con Martha en “El taxímetro”, y tiene su propio programa por las tardes. Verás que esto se pone muy divertido conforme vayas aprendiendo.
Amelia sonrió.
—¿Por qué buscaste trabajar aquí? —Preguntó él mientras se ponía uno de los grandes auriculares junto al oído y calibraba los sonidos con la otra mano.
—Me gustaría tener un programa de radio algún día.
—Eres multimedia, ¿cierto?
—¿Multimedia?
—Estudiaste multimedia.
—¡Ah! Sí, así es.
—Muchos estudian multimedia por querer ganarse un lugar en Radio UP. Los que lo logran es porque hicieron prácticas aquí o en difusión. O bien, por palancas. —se la quedó mirando un momento significativo.
Amelia se incomodó un poco.
—Yo solo envié mi solicitud.
—¿Te eligieron?
—Pues sí…
—¿Dónde has trabajado antes?
—En un colectivo. Hacía los arreglos de audio para comerciales de radio y televisión. — Se encogió de hombros —todo ha sido local pero creo que es un buen comienzo.
El hombre hizo una mueca de considerarlo suficiente y se limitó a mostrarle el funcionamiento de cada parte del tablero.

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