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3. Irremediablemente

Halloween había pasado más rápido de lo que le hubiera gustado. El tiempo de cosechar se había acabado y el invierno comenzaba a azotarle el corazón. Diciembre se había ido como agua mientras que enero  se sentía eterno. Amelia se había vuelto más distante con sus compañeros de la radiodifusora, limitándose únicamente a hacer su trabajo sin meterse demasiado con nadie. Todo el día aislada en la cabina de controles asegurándose de que nada fallara, con tiempos perfectos y agudeza en los efectos de sonido ocasionales en los programas que tenía permitido. Incluso había colaborado para hacer las grabaciones de la cortinilla de entrada del nuevo programa “Desde mi balcón” de uno de los restauranteros del puerto y que además era parte del patronato que mantenía a la Universidad del Puerto en excelentes condiciones. Cada tarde, al llegar el chef y comenzar a hablar, Amelia se cuestionaba si en verdad estaba completa, si le llenaba estar ahí sentada frente a tantos botones. Era su momento de reflexión que, esa tarde, se vio interrumpido por Sahíd quien, en opinión de Amelia, parecía disfrutar de molestarla.
—Hola. ¿Cómo va todo?
Ella no dijo nada, solo enarcó una ceja con la mirada llena de hastío.
—¿Tan bien está? Pues muy bien. —Continuó él.
—Sahíd, en buen plan, ¿qué quieres? —Cortó fastidiada.
—Saludarte, es todo.
—Vete a saludar a alguien más, por favor.
—Pero no hay nadie a quien quiera saludar más que a ti.
Amelia se apresuró a poner la cortinilla de salida del programa y arregló todo para que la señal de Radio Universidad Capital entrara al punto. De su bolso sacó su bolsita de maquillaje y, con ayuda de un espejito, se retocó el labial. Sahíd la miraba embelesado hasta que ella se volvió para lanzarle una mirada fría.
—Sahíd, lo que sea que estés pensando y que incluya a mi persona y la tuya en la misma frase, la respuesta es: no estoy disponible. Punto. — Se puso de pie y salió de la cabina.
El muchacho fue a seguirla.
—¿Pero por qué?
—¡Porque no me gustan los pagafantas, dude! —Soltó con sinceridad y hastío.
El tiempo pareció detenerse.
Cereza, que acababa de entrar con un café en la mano, se quedó mirando a Sahíd y luego a Amelia. Se incomodó un poco al principio pero luego el tiempo volvió a correr igual que siempre y soltó una carcajada limpia.
—¡Hasta que alguien te pone un alto! —Sonrió la joven del peinado estilo rastafari.
Amelia salió de las oficinas con dirección de la parada de autobús para irse a casa y olvidarse del trabajo hasta el día siguiente.
Sahíd, por su parte, se quedó quieto un momento más, sin estar muy seguro de lo que acababa de pasar.
—¿Ya se fue Amelia? — Preguntó la Licenciada Macías al momento de salir de su oficina, topándose con el movimiento congelado del joven y a Cereza riendo a carcajadas sin poderse contener. —¿Todo bien?
La joven asentía frenéticamente sin dejar de reír hasta que le brotaron las lágrimas.
—Amelia acaba de batear a Sahíd de la manera más épica que he visto en mi vida. —Se explicó al fin tratando de recuperar el aliento.
—Ah… —Zanjó la directora.
Amelia caminó por los andadores de la Universidad, con pasos apretados y poca elegancia. Realmente odiaba a Sahíd, y si no era odio entonces no sabía cómo llamar a esa sensación que tenía cuando lo veía. Tomó asiento en la banca de la parada del bus y suspiró resignada, la brutalidad de los últimos días la estaba rebasando. No terminaba de asimilar toda la violencia que había visto en las redes sociales: un tipo arrollado por un tren, una mujer que haciendo ejercicio en algún gimnasio no pudo sostener el aparado y este le quebró las piernas, el impacto frontal de dos coches a alta velocidad visto desde la cámara de uno de ellos. Brutal. No sabía si quería cerrar los ojos o no, las imágenes de pronto iban y venían.
—Estoy harta. —Mumuró apenas.
—¿De qué? — La voz de Kuz la sobresaltó, muy cerca, demasiado inesperado. Se encontraba sentado a su lado en la banca, mirándola con curiosidad.
Amelia lo miró un momento, abrió la boca sin estar segura de qué responder. La volvió a cerrar sin decir nada. Se puso de pie y tomó el autobús que oportunamente acababa de llegar.
Kuz se quedó sentado, mirándola irse, preguntándose qué había hecho para que no quisiera dirigirle la apalabra. Nunca.

El sol estaba cayendo con la velocidad que unos amantes se dan el último beso antes de despedirse. Amelia se sintió alcanzada por el aburrimiento, solía pasarle muy seguido desde que vivía sola, se sentía un poco sin propósito. Se tiró en la cama y finalmente se decidió a salir, ir a algún bar o simplemente caminar por el malecón. Para cuando llegó a su destino la noche ya se había apoderado del cielo. Hacía frío. Caminó por el andador adoquinado extrañando un poco el tiempo en que había sido una bonita calle, ahora lucía más artificial que antes, más triste.
—¿Amelia? — La voz le pareció familiar, por un momento se sintió fastidiada, siempre que iba al centro de la ciudad alguien tenía que encontrarla. Pero al instante se le pasó al ver a la mujer que le hablaba.
—¡Tía Gloria, hola! —Se acercó para saludarla con un abrazo y un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás? — Preguntó Gloria Montes, era una mujer de unos cuarenta y tantos con la pinta de gitana.
—Pues… bien —Agregó la joven con una sonrisa prefabricada en la que su tía pudo leer tristeza.
—Si no tienes planes ahora mismo, podríamos ir a la casa y charlar un poco.
—Creo que puedo ir un rato. —Las palabras elegidas con cautela como cada vez que se trataba de un compromiso del que quizá quisiera escapar pronto.
Caminaron por el andador hasta el principio de este, cruzaron la avenida en silencio y anduvieron por la acera del parque calle arriba. Gloria miraba el lugar con recelo, estaba más solitario que de costumbre. Un par de cuadradas más arriba se encontraba la simpática casita blanca de dos pisos que era el hogar de la gitana y su hijo. Abrió la reja y luego la puerta, entrando después de Amelia y cerrando tras de sí.
—Siéntate, por favor. —Invitó la mujer.
Amelia obedeció acomodándose en uno de los grandes y mullidos sofás, se quedó mirando la estancia llena de figurillas de hadas y algunos duendecillos. Todo ahí la hacía sentir como si hubiera entrado a un viejo bosque encantado donde cosas maravillosas pasaban, siempre había sido así. Ni se enteró cuando la mujer le preguntó si quería té hasta que le acercó la pequeña tacita a las manos.
—Perdón, tía, es que estaba viendo… — comenzó tomando las piececitas de porcelana con cuidado.
—Está bien. ¿Hay algo que quieras compartir?
La joven la miró un momento y sonrió, su tía no dejaba de ser la maestra de universidad que te pillaba con la idea en la cabeza y trataba de obligarte a dejarla salir. Cosas de artistas, era lo que Amelia decía.
—¿Como qué?
—No lo sé. Estos días todos parecen tener secretos. — Había un poco de amargura en la voz de la mujer.
—¿Pasó algo?
Gloria suspiró cansada, de pronto su semblante tranquilo se transformó para dejar a la vista la preocupación de una madre. Negó en silencio y trató de esconderlo todo.
—Me dijo tu mamá que te habías ido de la casa. —Animó a su sobrina a comenzar.
—Ah, eso… —Amelia suspiró también, de pronto se dio cuenta de que ambas estaban tratando de cargar el peso del mundo sobre sus espaldas y sonrió con amargura. —Sí, dejé la casa.
—Ahora soy yo quien pregunta si pasó algo.
—Nada en realidad, solo me cansé de las negativas, las comparaciones y jamás dar el ancho, es lo normal, supongo. —Se encogió de hombros.
Gloria miró a su sobrina irguiéndose, como si le acabaran de dar una noticia podo agradable. Amelia notó el cambio y pidió saber si todo estaba bien con una mirada simple. La mujer se recargó sopesando las palabras. Fue un instante apenas. Se escucharon pasos en el piso de arriba. Ambas se quedaron mirando la escalera, expectantes, hasta que vieron bajar a Natael Montes, hijo de Gloria y primo de Amelia. Se detuvo a la mitad en cuanto vio a la muchacha, se miró a sí mismo para asegurarse de ir lo menos fachoso posible y se acercó a la joven.
—Hola, —saludó con una sonrisa de auténtica sorpresa. —¿cómo estás?
—Mejor que tú, por lo visto. —Amelia se tocó su propia nariz para apuntar que había notado las obvias gasas blancas que cubrían la de su primo.
Alto como era tuvo que agacharse para saludar a la joven con un ficticio beso en la mejilla, luego se acomodó un mechón rebelde.
—Me gustaba tu nariz. —soltó ella con un puchero. —No sabía que te habías hecho cirugía.
—No fue cirugía. —Agregó tajante Gloria.
—¿Entonces? — Amelia miró interrogante al joven.
—¿Cómo dicen? —Comenzó él. —Me di un tiro con un tipo. –sonrió.
—¿Fue a narizasos o cómo?
—Búrlate si quieres, pero él no quedó mucho mejor que yo. —Habló apenas, dirigiéndose a la cocina mientras se agarraba el cabello que llegaba hasta sus hombros, en una coletita.
—¿Era eso? —Murumuró la joven para que solo Gloria pudiera escucharla, la respuesta fue un vago asentimiento. —Me hubiera preocupado si jamás en su vida se hubiera peleado, quiero decir, es un chico, y jamás supe que tuviera un comportamiento inapropiado. Yo digo que le hacían falta unos buenos catorrazos. —Sonrió para tranquilizar a su tía.
—No lo sé, por lo mismo que no suele tener esta clase de problemas es que me preocupa. ¡oh, Amelia! Está en malas compañías. —Declaró la mujer con preocupación en el murmullo de voz.
Natael regresó con un emparedado de queso y pollo en las manos.
—Sí saben que esta casa tiene una acústica increíble, ¿verdad? Sobre todo la sala, uno puede cantar aquí y en la cocina se escucha como si fuera una caja de resonancia. Es precioso. —Sonrió él obviando que había escuchado cada palabra.
Gloria se sintió herida mientras que Amelia no supo si reírse o llorar. Por primera vez en toda su vida estaba siendo testigo de la ruptura del maravilloso espejismo que siempre mostraba Gloria Montes.
—Supe que ya no vives con mis tíos. —Agregó el joven para tratar de calmar las cosas.
—No, ya no.
—¿Qué tal pinta la vida de soltera independiente?
Amelia se encogió de hombros.
—Es aburrido.
—Eso pensé.
—¿Tú para cuándo? —Agregó ella la pregunta que Gloria habría querido evitar eternamente.
—Ah… no lo sé. —Mordisqueó el emparedado. —Eso de vivir solo como que no me termina de convencer. Además, alguien debe cuidar de mi madre y ella aún no se ha decidido a quedarse con su nuevo novio. —Sonrió.
Gloria bufó molesta de que hablaran de ella como si no estuviera presente.
Amelia dio un sorbo al té.
—Cierto, tía, ¿cuándo nos va a presentar al susodicho?
—No es tiempo.
La respuesta cortante le indicó a la joven que era mejor salir de ahí antes de que el dragón de ese cuento de hadas despertara airado. Se puso de pie sin más.
—Ya debo irme.  Me ha dado gusto verlos y pasar un ratito aquí pero tengo algunas cosas qué resolver antes de ir a dormir. Natael, cuídate esa nariz, más vale que quede tan preciosa como siempre o ese hijo de perra va a saber quién soy.
Miró a su tía y al instante se disculpó por su lenguaje. A Natael le hizo gracia. Gloria se levantó y junto con su hijo fueron a despedirla en la puerta.

Amelia se alegró de escapar. Caminó calle abajo de regreso y se preguntó si sería buena idea llegar hasta la avenida principal solo para echar un vistazo a los baresillos y a las fuentes con luces de colores que tenía el parque. Cuando se dio cuenta de que perdía tiempo valioso se decidió a ir directo a la parada del bus. Pasó por un restaurancito que siempre le había llamado la atención pero que jamás encontraba aierto. Era nocturno.  Cruzó la calle para acercarse a propósito. La puerta de cristal con marco de madera se abrió para dar paso a quien menos esperaba. Kuz encendió el cigarrillo que llevaba entre los labios y entonces se percató de la presencia de la joven. Se miraron. Era como si estuvieran destinados a encontrarse irremediablemente.

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