Halloween había pasado
más rápido de lo que le hubiera gustado. El tiempo de cosechar se había acabado
y el invierno comenzaba a azotarle el corazón. Diciembre se había ido como agua
mientras que enero se sentía eterno.
Amelia se había vuelto más distante con sus compañeros de la radiodifusora,
limitándose únicamente a hacer su trabajo sin meterse demasiado con nadie. Todo
el día aislada en la cabina de controles asegurándose de que nada fallara, con
tiempos perfectos y agudeza en los efectos de sonido ocasionales en los
programas que tenía permitido. Incluso había colaborado para hacer las
grabaciones de la cortinilla de entrada del nuevo programa “Desde mi balcón” de
uno de los restauranteros del puerto y que además era parte del patronato que
mantenía a la Universidad del Puerto en excelentes condiciones. Cada tarde, al
llegar el chef y comenzar a hablar, Amelia se cuestionaba si en verdad estaba
completa, si le llenaba estar ahí sentada frente a tantos botones. Era su
momento de reflexión que, esa tarde, se vio interrumpido por Sahíd quien, en
opinión de Amelia, parecía disfrutar de molestarla.
—Hola. ¿Cómo va todo?
Ella no dijo nada,
solo enarcó una ceja con la mirada llena de hastío.
—¿Tan bien está? Pues
muy bien. —Continuó él.
—Sahíd, en buen plan,
¿qué quieres? —Cortó fastidiada.
—Saludarte, es todo.
—Vete a saludar a
alguien más, por favor.
—Pero no hay nadie a
quien quiera saludar más que a ti.
Amelia se apresuró a
poner la cortinilla de salida del programa y arregló todo para que la señal de
Radio Universidad Capital entrara al punto. De su bolso sacó su bolsita de
maquillaje y, con ayuda de un espejito, se retocó el labial. Sahíd la miraba embelesado
hasta que ella se volvió para lanzarle una mirada fría.
—Sahíd, lo que sea que
estés pensando y que incluya a mi persona y la tuya en la misma frase, la
respuesta es: no estoy disponible. Punto. — Se puso de pie y salió de la
cabina.
El muchacho fue a
seguirla.
—¿Pero por qué?
—¡Porque no me gustan
los pagafantas, dude! —Soltó con
sinceridad y hastío.
El tiempo pareció
detenerse.
Cereza, que acababa de
entrar con un café en la mano, se quedó mirando a Sahíd y luego a Amelia. Se
incomodó un poco al principio pero luego el tiempo volvió a correr igual que
siempre y soltó una carcajada limpia.
—¡Hasta que alguien te
pone un alto! —Sonrió la joven del peinado estilo rastafari.
Amelia salió de las
oficinas con dirección de la parada de autobús para irse a casa y olvidarse del
trabajo hasta el día siguiente.
Sahíd, por su parte,
se quedó quieto un momento más, sin estar muy seguro de lo que acababa de
pasar.
—¿Ya se fue Amelia? —
Preguntó la Licenciada Macías al momento de salir de su oficina, topándose con
el movimiento congelado del joven y a Cereza riendo a carcajadas sin poderse
contener. —¿Todo bien?
La joven asentía
frenéticamente sin dejar de reír hasta que le brotaron las lágrimas.
—Amelia acaba de
batear a Sahíd de la manera más épica que he visto en mi vida. —Se explicó al
fin tratando de recuperar el aliento.
—Ah… —Zanjó la
directora.
Amelia caminó por los
andadores de la Universidad, con pasos apretados y poca elegancia. Realmente
odiaba a Sahíd, y si no era odio entonces no sabía cómo llamar a esa sensación
que tenía cuando lo veía. Tomó asiento en la banca de la parada del bus y
suspiró resignada, la brutalidad de los últimos días la estaba rebasando. No
terminaba de asimilar toda la violencia que había visto en las redes sociales:
un tipo arrollado por un tren, una mujer que haciendo ejercicio en algún
gimnasio no pudo sostener el aparado y este le quebró las piernas, el impacto
frontal de dos coches a alta velocidad visto desde la cámara de uno de ellos.
Brutal. No sabía si quería cerrar los ojos o no, las imágenes de pronto iban y
venían.
—Estoy harta. —Mumuró
apenas.
—¿De qué? — La voz de
Kuz la sobresaltó, muy cerca, demasiado inesperado. Se encontraba sentado a su
lado en la banca, mirándola con curiosidad.
Amelia lo miró un
momento, abrió la boca sin estar segura de qué responder. La volvió a cerrar
sin decir nada. Se puso de pie y tomó el autobús que oportunamente acababa de
llegar.
Kuz se quedó sentado,
mirándola irse, preguntándose qué había hecho para que no quisiera dirigirle la
apalabra. Nunca.
El sol estaba cayendo
con la velocidad que unos amantes se dan el último beso antes de despedirse.
Amelia se sintió alcanzada por el aburrimiento, solía pasarle muy seguido desde
que vivía sola, se sentía un poco sin propósito. Se tiró en la cama y
finalmente se decidió a salir, ir a algún bar o simplemente caminar por el
malecón. Para cuando llegó a su destino la noche ya se había apoderado del
cielo. Hacía frío. Caminó por el andador adoquinado extrañando un poco el
tiempo en que había sido una bonita calle, ahora lucía más artificial que
antes, más triste.
—¿Amelia? — La voz le
pareció familiar, por un momento se sintió fastidiada, siempre que iba al
centro de la ciudad alguien tenía que encontrarla. Pero al instante se le pasó
al ver a la mujer que le hablaba.
—¡Tía Gloria, hola! —Se
acercó para saludarla con un abrazo y un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás? — Preguntó
Gloria Montes, era una mujer de unos cuarenta y tantos con la pinta de gitana.
—Pues… bien —Agregó la
joven con una sonrisa prefabricada en la que su tía pudo leer tristeza.
—Si no tienes planes
ahora mismo, podríamos ir a la casa y charlar un poco.
—Creo que puedo ir un
rato. —Las palabras elegidas con cautela como cada vez que se trataba de un
compromiso del que quizá quisiera escapar pronto.
Caminaron por el
andador hasta el principio de este, cruzaron la avenida en silencio y
anduvieron por la acera del parque calle arriba. Gloria miraba el lugar con
recelo, estaba más solitario que de costumbre. Un par de cuadradas más arriba
se encontraba la simpática casita blanca de dos pisos que era el hogar de la
gitana y su hijo. Abrió la reja y luego la puerta, entrando después de Amelia
y cerrando tras de sí.
—Siéntate, por favor. —Invitó
la mujer.
Amelia obedeció acomodándose
en uno de los grandes y mullidos sofás, se quedó mirando la estancia llena de
figurillas de hadas y algunos duendecillos. Todo ahí la hacía sentir como si
hubiera entrado a un viejo bosque encantado donde cosas maravillosas pasaban,
siempre había sido así. Ni se enteró cuando la mujer le preguntó si quería té hasta que le acercó la pequeña tacita a las manos.
—Perdón, tía, es que
estaba viendo… — comenzó tomando las piececitas de porcelana con cuidado.
—Está bien. ¿Hay algo
que quieras compartir?
La joven la miró un
momento y sonrió, su tía no dejaba de ser la maestra de universidad que te
pillaba con la idea en la cabeza y trataba de obligarte a dejarla salir. Cosas
de artistas, era lo que Amelia decía.
—¿Como qué?
—No lo sé. Estos días
todos parecen tener secretos. — Había un poco de amargura en la voz de la
mujer.
—¿Pasó algo?
Gloria suspiró
cansada, de pronto su semblante tranquilo se transformó para dejar a la vista
la preocupación de una madre. Negó en silencio y trató de esconderlo todo.
—Me dijo tu mamá que
te habías ido de la casa. —Animó a su sobrina a comenzar.
—Ah, eso… —Amelia
suspiró también, de pronto se dio cuenta de que ambas estaban tratando de
cargar el peso del mundo sobre sus espaldas y sonrió con amargura. —Sí, dejé la
casa.
—Ahora soy yo quien
pregunta si pasó algo.
—Nada en realidad,
solo me cansé de las negativas, las comparaciones y jamás dar el ancho, es lo
normal, supongo. —Se encogió de hombros.
Gloria miró a su
sobrina irguiéndose, como si le acabaran de dar una noticia podo agradable.
Amelia notó el cambio y pidió saber si todo estaba bien con una mirada simple.
La mujer se recargó sopesando las palabras. Fue un instante apenas. Se escucharon
pasos en el piso de arriba. Ambas se quedaron mirando la escalera, expectantes,
hasta que vieron bajar a Natael Montes, hijo de Gloria y primo de Amelia. Se
detuvo a la mitad en cuanto vio a la muchacha, se miró a sí mismo para asegurarse
de ir lo menos fachoso posible y se acercó a la joven.
—Hola, —saludó con una
sonrisa de auténtica sorpresa. —¿cómo estás?
—Mejor que tú, por lo
visto. —Amelia se tocó su propia nariz para apuntar que había notado las obvias
gasas blancas que cubrían la de su primo.
Alto como era tuvo que
agacharse para saludar a la joven con un ficticio beso en la mejilla, luego se acomodó un mechón rebelde.
—Me gustaba tu nariz. —soltó
ella con un puchero. —No sabía que te habías hecho cirugía.
—No fue cirugía. —Agregó
tajante Gloria.
—¿Entonces? — Amelia
miró interrogante al joven.
—¿Cómo dicen? —Comenzó
él. —Me di un tiro con un tipo. –sonrió.
—¿Fue a narizasos o
cómo?
—Búrlate si quieres,
pero él no quedó mucho mejor que yo. —Habló apenas, dirigiéndose a la cocina mientras se agarraba el cabello que llegaba hasta sus hombros, en una coletita.
—¿Era eso? —Murumuró
la joven para que solo Gloria pudiera escucharla, la respuesta fue un vago
asentimiento. —Me hubiera preocupado si jamás en su vida se hubiera peleado,
quiero decir, es un chico, y jamás supe que tuviera un comportamiento
inapropiado. Yo digo que le hacían falta unos buenos catorrazos. —Sonrió para
tranquilizar a su tía.
—No lo sé, por lo
mismo que no suele tener esta clase de problemas es que me preocupa. ¡oh, Amelia!
Está en malas compañías. —Declaró la mujer con preocupación en el murmullo de
voz.
Natael regresó con un emparedado
de queso y pollo en las manos.
—Sí saben que esta
casa tiene una acústica increíble, ¿verdad? Sobre todo la sala, uno puede
cantar aquí y en la cocina se escucha como si fuera una caja de resonancia. Es
precioso. —Sonrió él obviando que había escuchado cada palabra.
Gloria se sintió
herida mientras que Amelia no supo si reírse o llorar. Por primera vez en toda
su vida estaba siendo testigo de la ruptura del maravilloso espejismo que siempre mostraba Gloria Montes.
—Supe que ya no vives
con mis tíos. —Agregó el joven para tratar de calmar las cosas.
—No, ya no.
—¿Qué tal pinta la
vida de soltera independiente?
Amelia se encogió de
hombros.
—Es aburrido.
—Eso pensé.
—¿Tú para cuándo? —Agregó
ella la pregunta que Gloria habría querido evitar eternamente.
—Ah… no lo sé. —Mordisqueó
el emparedado. —Eso de vivir solo como que no me termina de convencer. Además,
alguien debe cuidar de mi madre y ella aún no se ha decidido a quedarse con su
nuevo novio. —Sonrió.
Gloria bufó molesta de
que hablaran de ella como si no estuviera presente.
Amelia dio un sorbo al
té.
—Cierto, tía, ¿cuándo
nos va a presentar al susodicho?
—No es tiempo.
La respuesta cortante
le indicó a la joven que era mejor salir de ahí antes de que el dragón de ese
cuento de hadas despertara airado. Se puso de pie sin más.
—Ya debo irme. Me ha dado gusto verlos y pasar un ratito
aquí pero tengo algunas cosas qué resolver antes de ir a dormir. Natael,
cuídate esa nariz, más vale que quede tan preciosa como siempre o ese hijo de
perra va a saber quién soy.
Miró a su tía y al
instante se disculpó por su lenguaje. A Natael le hizo gracia. Gloria se
levantó y junto con su hijo fueron a despedirla en la puerta.
Amelia se alegró de
escapar. Caminó calle abajo de regreso y se preguntó si sería buena idea
llegar hasta la avenida principal solo para echar un vistazo a los baresillos y
a las fuentes con luces de colores que tenía el parque. Cuando se dio cuenta de
que perdía tiempo valioso se decidió a ir directo a la parada del bus. Pasó por
un restaurancito que siempre le había llamado la atención pero que jamás encontraba aierto. Era nocturno. Cruzó
la calle para acercarse a propósito. La puerta de cristal con marco de madera
se abrió para dar paso a quien menos esperaba. Kuz encendió el cigarrillo que
llevaba entre los labios y entonces se percató de la presencia de la joven. Se
miraron. Era como si estuvieran destinados a encontrarse irremediablemente.
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