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Un día ideal para sentirse afortunado

Había revisado la pantalla del móvil por enésima vez, ¿qué estaba esperando? ¿un mensaje, una llamada? En realidad nada, era pura costumbre que me había quedado de aquel desgraciado con el que solía salir... y al darme cuenta me molesté apretando el aparato en mi puño y rechinando los dientes. Suspiré resignada y opté por levantarme de la cama resolviendo que no era bueno quedarme más tiempo allí, casi era media tarde y aún estaba en pijama.

Caminando por la casa me di cuenta de que tenía hambre cuando mi estómago hizo ruidos de vacío así que fui directo al refrigerador. No había mucho. Saqué una rebanada de queso tipo americano y me la comí mientras fijaba mi mirada en la calle por la ventana de la cocina que seguía cerrada. Me abstraje un segundo y cuando miré de nuevo vi mi reflejo. Deplorable.

Luego de una buena ducha relajante y refrescante, me arreglé y maquillé, me puse un broche en el cabello, tacones y salí con dirección de ningún lado en especial.

Pasé por los viejos condominios, llegué al Edificio Twelve y me detuve a mirar el cielo, serían algo como las cuatro de la tarde, el sol estaba aflojerado pero lo suficientemente firme como para no querer pasar demasiado tiempo bajo él. ¿Qué debía hacer? Me apetecía ir al centro pero a la vez tenía algo de flojera. Extrañaba alggunas cosas, a algunas personas... El mundo había girado tan terriblemente en tan poco tiempo que no lo había asimilado aún. Y dolía. Tomé mi móvil sin pensarlo y digité 5, luego botón verde y enlazó rápidamente.

-- Radio UP, ¡estás al aire! ¿Con quién tengo el gusto? -- La voz familiar me hizo sentir mejor y, por un instante no supe qué decir.

-- ¿Con quién crees?

-- Ah, Amelia, ¿a qué debemos el milagro de que te comuniques al Limbo?

-- Estoy buscando a Matías.

-- Y yo que pensé que querías saludarme.

-- Ya, ya, Kuz, pon a Matías al teléfono.

-- Oye, Amelia, ¿Cuándo vienes de invitada al Limbo? -- Saídh tratando de ligarme de nuevo, y esta vez al aire, good job!

-- Cuando no estés. -- Lo corté tajante. -- Díganle a Matías que tiene 40 minutos para llegar al Museo Naval. -- Y colgué sin más. Supongo que estuvieron un rato haciendo bromas y hablando de mí. Ese par...

***

Me senté en la barrera que hacía las veces de banca y que impedía que la marea alcanzara la bonita calle peatonal adoquinada. Mirando directo al mar, con los pies entaconados colgando sin alcanzar la arena. Me empecé a relajar viendo el vaivén de las olas, el horizonte, los edificios a lo lejos, en el extremo de la bahía, todo era perfecto, ¿Cómo podía estar de mal humor en un lugar tan maravilloso? Me sentí afortunada.

-- ¡Hey! -- Matías se sentó a mi lado. -- Vine tan rápido como pude. ¿Pasó algo?

-- No, solo a veces me harto de estar conmigo.

-- Ahá, es otra vez ese tipo, ¿no?

-- Sí. -- Digo sin despegar la mirada de ningún lugar en el horizonte.

-- Uhm... ¿Qué quieres que te diga? No soy una chica y no sé dar consejos sobre estas cosas, ni siquiera estoy realmente interesado en alguna mujer de verdad. -- Hizo una pausa breve y se apresuró a tratar de arreglar lo que acababa de decir: -- Ya sabes, solo actrices y cantantes. Estrellas inalcanzables y esas cosas.

Lo miré un momento en silencio.

-- ¿Eres un pagafantas?

Rió con soltura y sonreí.

-- No lo soy. ¿Tú sí?

-- Nah.

-- A veces... -- suspiró mirando hacia el mar. -- desearía que fueras mi hermana de verdad.

Con todas mis fuerzas lo empujé haciéndolo caer a la arena y me puse en pie rápidamente para saltar hacia la parte adoquinada. Mientras él se sacudía y trataba de alcanzarme.

-- Eres una bitch, ¿Sí sabes?

-- See. ¿Tienes hambre?

-- Quiero un elote.

Caminamos juntos hablando de todo y de nada, comprando de lo que vendían en los puestos que ya empezaban a aparecer pues el sol comenzaba a ocultarse.

Aquel era un día ideal para sentirse afortunado.

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