El viejo reloj cucú cantó las once de la noche, pero Marisa no lo escuchó porque ya estaba durmiendo, el hombre que la arropó pensaba que era una lástima que se hubiera rendido tan pronto pero no la culpaba, no estaba acostumbrada a salir, según entendía, la pequeña se pasaba el día entero en esa buhardilla, sola, prácticamente abandonada, mas tampoco podía quejarse, su madre trabajaba desde muy temprano hasta muy tarde para darle techo y comida. Esa mujer era admirable, ya no había muchas como ella, o al menos no las conocía. Entre sus cavilaciones escuchó el habitual ruido de carruajes que solían llegar al edificio con hombres adinerados en busca de una prostituta o bien, acompañado de una o varias que hubiera encontrado de camino. Definitivamente no creía que ese fuera un buen lugar para una niña como Marisa pero suponía también que Hellen no había tenido otra alternativa y se preguntaba los motivos exactos de cómo o por qué habían llegado a ese lugar de mala muerte, quién era el padre de Marisa y si este había muerto o si las había abandonado.
La puerta se abrió de pronto y la joven madre entró pero se volvió al escuchar su nombre. Al instante entró una mujer un poco mayor, muy hermosa y elegante pero sus ropas dejaban en claro que era una de las prostitutas que vivían en el edificio. El desconocido observó la escena en silencio.
— Aquí te traje un poco, ayer no llegué a dormir así que no pude traerlo antes. — Le entregó un manojo de plantas diversas. — Espero que no sea tarde.
— No te preocupes, he sido muy cuidadosa. — Hellen sonrió.
La mujer se percató de la presencia del hombre en la buhardilla y sonrió con picardía.
— Con razón estabas tan apurada. Apuesto a que no ha sido fácil aguantarse, ¿verdad?
La joven madre se sonrojó hasta el cuello.
— No es lo que piensas…
La mujer rió dándole unas palmaditas a Hellen en el hombro y se acercó al extraño para hablarle al oído.
— Si le haces daño yo misma me encargaré de torturarte tanto que suplicarás morir.
Él pensó en asegurarle que no lastimaría a su anfitriona y que no era un malagradecido pero decidió quedarse callado, no quería empeorar las cosas.
— Bueno, linda, me voy porque tengo un cliente esperando. No te olvides de tomarlo dos veces al día, bien cargado.
— Gracias, Rosebud. — La mujer se fue mientras Hellen cerraba la puerta. Miró a su inquilino y se volvió a sonrojar. — Lamento que presenciara esto, ella no sabe que usted está aquí por su falta de memoria…
— No se preocupe.
Se miraron a los ojos un momento.
— Señora Springmoon, le agradezco todos sus cuidados, es una mujer muy buena.
Ella sonrió y se acercó a la estufa donde puso agua a hervir y le agregó algunas ramitas de las que le entregara Rosebud.
— Llámame Hellen, soy más joven que tú… ¡usted! — Se apresuró a decir.
— De acuerdo, yo te tuteo y tú me tuteas, está bien.
— Gracias. — Sonrió y se acercó a la ventana donde él se encontraba apoyado. — Creo que deberíamos quitarte esos vendajes. ¿Cómo te has sentido? — Le tomó la muñeca derecha y la masajeó un poco por encima de las vendas.
— Estoy mejor, puedo mover bien la muñeca y mi brazo parece ya no ser tan problemático, también lo muevo bien, sólo no puedo esforzarlo demasiado
— Esas son buenas noticias. — Le retiró la venda con cuidado para no lastimarlo. — Se ve bastante bien.
—Lo está. — Movió la mano abriendo y cerrando el puño, sonriendo por sentirse libre.
Acto seguido, la joven mujer comenzó a desabrochar los botones de la camisa de él, logrando ponerlo nervioso. Le sacó la camisa con cuidado.
— Cuando llegaste tenías heridas bastante feas, no son profundas pero seguro que dejarán marca.
— No te preocupes, las cicatrices significan experiencia.
Ella lo miró a los ojos y le dedicó una cálida sonrisa, sonrisa que a él cautivó. Su corazón se aceleró con la sensación de familiaridad.
— Hacía mucho que no escuchaba esa frase… — Murmuró.
— ¿La habías escuchado antes?
— Hace mucho tiempo… — Bajó la mirada y pasó sus manos por el pecho de él, buscando el extremo de la venda. Lo encontró. El desconocido le tomó la mano un momento.
— Creo que lo mejor será que me siente o te costará mucho trabajo.
Ella sonrió y asintió dándole la razón. Él acercó una silla y se sentó allí. Los vendajes fueron cediendo poco a poco mientras ella los enrollaba de nuevo. Pronto vio su torso libre con varias heridas cerradas que luchaban por convertirse en cicatrices. Una atravesaba desde su hombro izquierdo hasta el pecho, otra en su costado izquierdo, una más en el lado derecho del cuello. Le habían atacado a matar. Pero había sobrevivido. Se percató de que Hellen le observaba absorta y se sintió avergonzado de que ella le viera así, prácticamente destazado, pero pronto se dio cuenta de que lo que miraba no eran las heridas sino los tatuajes: un par de leones de perfil uno en cada costado de su abdomen y otro de frente justo en el centro de su pecho. Por suerte ninguno se había dañado a causa de las heridas.
Ella salió de sus pensamientos y fue a la estufa, apagó el fuego y sacó un par de platos en los que sirvió un poco de pollo en salsa con arroz rojo.
— Lo traje de la casa grande, ya no está tan caliente como debería pero creo que eso le da puntos, así no te quemarás. — Le acercó un plato y un tenedor a él. — A Marisa le encanta el pollo así y se ha quedado dormida.
— No te preocupes, mañana cuando despierte yo lo calentaré para ella.
— Gracias. — Acercó la otra silla hasta donde él se encontraba y cenaron los dos en silencio.
El ruido de la noche se volvió más bullicioso al cabo de un rato pero las calles seguían en penumbra a causa de la mala iluminación de los faroles, por alguna razón el gobierno pensaba que era más barato pagar velas que poner electricidad pues esto era un lujo para las calles principales, y ni hablar de las casas de barrios bajos pues las elegantes lámparas y candelabros a electricidad eran sólo para las familias más ricas como los habitantes de la casa grande en la que trabajaba Hellen, ellos sí podían disponer de electricidad y agua potable con sólo pulsar el apagador o abrir la llave.
— La cena ha estado muy rica.
— Que bueno que te gustara.
— Cocinas muy bien.
— Gracias.
— Por cierto, esta tarde llevé a Marisa a comer, espero que no te moleste que la saque de aquí, creo que le hace bien salir un poco de vez en cuando.
La mujer pareció meditarlo con una expresión de desaprobación en su rostro.
— No hay de qué preocuparse, no la pierdo de vista ni un momento y me he encargado de que la pase bien. Incluso me dijo que le gustó el caldo de carne que comimos.
— Bien, supongo que no puede ser tan malo que salgan, pero ten cuidado, se supone que ella no debe estar aquí.
— Con respecto de eso… — Se puso de pie y tomó ambas sillas para llevarlas a sus respectivos lugares justo a un lado de la estufa mientras Hellen lavaba los platos en una cubeta, sirviéndose del agua que había traído de la casa grande. — he notado que todos en el edificio conocen a Marisa, aunque la mayoría están durmiendo cuando salimos, nos hemos encontrado con un par de… señoritas, y la han tratado muy bien. Eso de que esconderla es un poco ridículo si todo el mundo sabe que está aquí.
La joven madre lo miró reprobatoriamente.
— No se trata de si es ridículo o no, se trata de nuestra reputación, mía y de Marisa. No sé si lo has notado pero este no es precisamente el barrio más decente de la ciudad.
Al captar la idea el hombre se sintió avergonzado.
— Lo siento, tienes razón, debo ser más cuidadoso.
Ella se acercó a él y le sonrió.
— Está bien, fue mi error, no debí dejarte a su cuidado, ella aún no comprende muchas cosas.
Él sonrió también ante la idea de que Marisa fuera quien cuidara de él y no él de ella como ocurría en realidad.
Hellen miró a su hija durmiendo plácidamente bien arropadita y tranquila en la cama.
— No debiste dejar que se durmiera en la cama, creí que habíamos acordado que tú dormirías ahí.
— No te preocupes por eso, ya nos las arreglaremos, además, creí que había quedado claro que no quería dormir en la cama si ustedes tenían que dormir en el piso. ¿Qué te parece si dejamos a Marisa en la cama y tú me invitas a dormir en el piso junto a ti?
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