— Buen día, amo. — Hellen entró en la habitación del dueño de la casa grande llevando la bandeja con el desayuno.
—¡Ah, Hellen! Ven acá y traeme el barómetro que dejé en el escritorio. — El hombre estaba al fondo. El lugar, lejos de parecer una habitación, daba la impresión de ser un taller mecánico, el patio de juegos del viejo inventor.
Hellen llevó el extraño artefacto hasta el final de la habitación, el rincón más alejado de la puerta y de la cama.
— Amo, aquí tiene su desayuno.
— Primero el barómetro, Hellen.
— No, señor, primero su desayuno, — colocó la bandeja en una mesa abriéndose un espacio entre herramientas, latas de aceite y artefactos extraños.
— ¡Hellen...! — Se quejó el hombre dejando a un lado el modelo de lo que, en algún momento en la historia había sido conocido como Zeppeling. — ¿Cómo se supone que avance la ciencia si siempre me interrumpen?
Ella sonrió.
— La vieja tecnología no va a ayudar a avanzar, fue la que llevó a la ruina a este mundo.
— ¡Ah! Eso es lo que tú crees. — Se sentó y tomó el tenedor que la joven le ofrecía. — Pero debemos entender el pasado para realizar el futuro.
— ¿Qué parte del pasado es la que debemos entender? ¿La que dice que el mundo murió por la avaricia de los grandes paises?
El hombre negó con la cabeza mientras se llevaba un poco de carne a la boca.
— Entonces no lo entiendo.
— Es que no es tan fácil, Hellen. Yo estuve ahí cuando el planeta comenzó a morir... — El Señor Cifuentes continuó hablando sobre el accidente del tubo de petróleo que había sido escrito en los libros de historia pero Hellen distaba mucho de escucharlo, a su mente venían imágenes, como alguna clase de recuerdo dormido, donde podía ver la Tierra desde muy alto, hasta distinguía el viejo mapa mundial que solía haber en los libros que habían sido salvados de aquel catastrófico final, ese mapa en el que África solía ser un lugar cálido y Japón era una isla, cuando el Golfo de Baja California aún existía y América central era una realidad. Y de pronto una mancha café comenzaba a invadir el Golfo de México, cubriéndolo todo y liberándose al Atlántico. Ella, asustada, sintió en su recuerdo unos brazos fuertes y cálidos que la protegían, él la amaba, él, el padre de su hija, el único hombre que la había amado tal y como era, con sus cicatrices y su tristeza... y lo extrañó, sintió la ausencia en su corazón y volvió a la realidad.
— ... por eso ahora no existe tal cosa como las organizaciones en pro del medio ambiente, cuando los necesitamos no hicieron nada... en fin, Hellen, son cosas que pasaron mucho antes de que nacieras, yo era un niño pequeño pero eso y la serie de terremotos que cambiaron los mapas son algo que no olvidaré nunca... — Continuó con el desayuno en silencio, ensimismado, quizá recordando los sucesos.
~ o ~
— Además le falta la foto.
— ¿Qué es "foto"? — La pequeña Marisa tenía la mirada fija al frente, en algún punto en la nada, como siempre.
— Pues es un papel especial en el que queda dibujado un instante de la realidad.
— ¿Como un momento atrapado?
— Sí, algo así. Y una foto suele traer recuerdos. Las personas guardan fotos de momentos para recordarlos en el futuro y recordar a las personas que aman.
— ¿Y usted tiene fotos de las personas que ama?
— No estoy seguro, hay muchas cosas que no recuerdo... — Guardaron silencio juntos, en incertidumbre — No sé si tengo una familia en algún lugar...
— Todos tenemos una familia en algún lugar, la mía está aquí, con mi madre...
Él se quedó callado, quizá tenía una esposa e hijos en algún lugar, en Ciudad Rubra quizá... Revisó el pasaporte otra vez, en el estado civil ponía que era soltero y no había nada acerca de algún otro familiar. Se sintió aliviado y suspiró con tranquilidad aún cuando no estaba seguro de que ese pasaporte fuera el suyo, al menos le daba esperanza.
— A mí me gustaría que mi madre y yo pudiéramos ser su familia... ¿No le gustaría quedarse con nosotras?
Él se sonrió. Era una idea magnífica.
— Pero no depende sólo de mí y tampoco me quiero convertir en un estorbo.
— No es un estorbo. — Negó la niña — Es muy agradable.
— Eso es lo que tú piensas y me gusta, pero también debemos saber qué opina tu madre sobre esto, ella es la que decide sobre lo que se hace o no, después de todo, ella es la señora de la casa.
— Bueno, le preguntaré cuando vuelva.
— No apresures las cosas Marisa, no creo que sea buena idea.
La niña sonrió, esta vez adivinando algo en el interior de ese enigmático hombre.
~ o ~
La mañana había transcurrido rapidísimo para Hellen, verdaderamente no le disgustaba estar al lado del anciano, pero le dolía, le traía escenas a la mente, escenas que era imposible que ella hubiera presenciado pues de aquella destrucción casi completa del viejo mundo, hacía mucho tiempo, demasiado; como el Señor Cifuentes había dicho, todo eso fue antes de que Hellen naciera, mucho antes.
Ensimismada como estaba mientras limpiaba una de las pequeñas esculturas que adornaban la sala de estar, sintió una mano grande posarse sobre su espalda baja y descender lentamente, provocándole la sensación de una caricia indecente, impropia, mas no desconocida. Se sobresaltó apenas con un suave gemido ahogado.
— Mi habitación no está muy limpia, deberías darte una vuelta por allá. — Dijo el hijo del dueño de la casa sin dejar de tocar a la joven madre. — Me viene bien esta noche.
— Sí, joven amo, como usted ordene.
El hombre se acercó para hablarle al oído.
— Eres preciosa, y eres mía.
Ella se ruborizó indignada pero a sabiendas de que no tenía remedio, no si quería conservar el empleo, y claro que quería el empleo, estar ahí tenía sus grandes ventajas, pero el precio era alto.
— Ah, Hellen, no olvides llevar una botella de vodka y un poco de chocolate líquido de ese que tanto te gusta. — Dijo antes de retirarse al jardín donde lo esperaban sus criados con su caballo.
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