Un suspiro de cansancio se dejó escuchar en la solitaria cocina mientras Hellen Springmoon se pasaba un mechón por detrás de la oreja.
— ¿Cómo sigue el joven amo? — Preguntó una mujer entrada en años que llevaba una canasta con los víveres que comprara en el mercado para la comida.
— Tiene bastante energía, yo creo que ya pronto podrá volver a cabalgar.
— Bastante energía ¿eh? — la mujer tomó a Hellen por la cintura, le dio la vuelta y le arregló el moño del delantal sin mucho éxito, entonces le desabrochó el vestido. — No te pusiste bien el corsé, ¿qué pasó?
— Oh… yo…
— Uhm… No sueles tener esta clase de problemas. — le arregló la prenda apretándola con fuerza y provocando que un gemido escapara de los labios de la joven madre, luego le arregló el uniforme.
— Lo siento, estaba muy apurada…
— Espero que no vuelva a ocurrir, ya sabes cómo es el Amo con estas cosas. Por cierto, ¿ya le subiste el desayuno?
— Aún no… ¿Podrías hacerlo tú?
La mujer negó con la cabeza y comenzó a sacar las verduras de la canasta.
— Sabes que el Amo es muy celoso contigo y siempre quiere que le lleves el desayuno.
— Hoy me siento especialmente cansada, no tengo ánimo de subir.
— Yo tampoco tengo ánimo de escuchar tus quejas pero no tenemos opción así que date prisa.
Hellen suspiró tratando de tener paciencia con su trabajo, después de todo lo hacía por su hija.
~ o ~
Marisa fijó la mirada al escuchar un fuerte alboroto al otro lado de la plaza, parecía haber mucha gente reunida, había música y sonaba divertido pero no estaba segura de lo que pasaba, sólo sabía que quería acercarse. Se detuvo en seco y con ella el hombre que la acompañaba.
— ¿Qué pasa?
— ¿Qué es lo que escucho? Por allá. — Señaló hacia la multitud.
— Parece un espectáculo, ¿quieres ir?
— ¡Me encantaría!
Ambos se acercaron hasta donde estaba el círculo de personas que miraban a un par de saltimbanquis jugar con diábolos en llamas mientras una banda poco ortodoxa interpretaba una melodía extraña e hipnótica. El hombre cargó a la pequeña Marisa y, como pudo, se metió entre la multitud para llegar al frente e, irónicamente, obtener una mejor vista para la pequeña.
Una mujer vestida con pantalones negros y un corsé con líneas verticales naranja y negro dejó de tocar la flauta horizontal y de su espalda sacó un látigo, se acercó al público y apuntó a todos con él, amenazante. Los saltimbanquis dejaron de jugar e hicieron señas de estar asustados al ver a la mujer pero ella ni se inmutaba, seguía amenazando al público con su látigo hasta que llegó a la pequeña Marisa, entonces se detuvo, se la quedó mirando como si hubiera sido retada por la niña. El hombre tomó a Marisa por los hombros apretándola ligeramente y la mujer, al notar este gesto se sonrió, apenas una mueca. Se arrodilló cual caballero real y tomó a la pequeña por la mejilla.
— Hija del Sol y de la Luna, del ying y el yang, hija del día y de la noche, tiene el respeto y admiración de esta comparsa. Por favor, acuérdese de nosotros. — Se puso el látigo en el corazón y bajó la mirada.
Marisa sonrió y puso su manita en la cabeza de la mujer.
— El sol y la Luna estarán contentos de saberlo, y no se preocupen, su comparsa estará protegida por una buena estrella.
El sonido de un silbato rompió la maravillosa música que envolvía la plaza, los músicos de eclécticas ropas intemporales se pusieron de pie y emprendieron la huida entre piruetas y los aplausos de la gente que les lanzaba algunas monedas y que estos, con gran destreza atrapaban en el aire.
— Gracias, Princesa. — La mujer de la flauta se levantó a prisa cuando un grupo de policías armados se acercaban corriendo para disipar a la multitud. Hizo una pirueta saltando en el aire y se perdió junto a sus compañeros.
— ¿Qué significó eso? ¿Los conoces?
La niña levantó la mirada fijándola en el hombre que la acompañaba y de nuevo lo invadió la sensación de que ella podía verlo.
— ¿Marisa? —
— ¿Ya vamos a casa?
— Sí, creo que será lo mejor. — Con el desconcierto latente y mil preguntas en la mente el hombre decidió volver, necesitaba descansar, necesitaba analizar el pasaporte en su camisa, saber quién era.
~ o ~
El reloj no cantaba y la pequeña Marisa comenzaba a desesperarse por desconocer la hora, aunque los sonidos habían comenzado a aumentar hacía unos pocos minutos y eso le daba más o menos una idea, necesitaba escuchar al viejo cucú. Apoyó ambos brazos en el alféizar de la ventana y se quedó ahí, inmóvil. Por su parte el desconocido se encontraba sentado en la cama observando con detenimiento el pasaporte entre sus manos, no había nada en su mente si no grabar en su memoria cada detalle, cada rasgo, y tratar de descifrar la tinta corrida. El pequeño libro de piel tintada en rojo llevaba un sello dorado que parecían ser tres largas torres, la central más alta que las otras dos y todas en el centro de un engrane; alrededor de este rezaba:
Ciudad Rubra
Pasó los dedos por el grabado, esa ciudad estaba muy lejos de ahí, se encontraba casi al otro lado del mundo. Sabía que estaba en Metropolis Albi, conocida también como Capital Blanca o La Ciudad de los Pilares, debido a que eran estos de color blanco marfil los que sostenían a la ciudad a cuatro pisos por encima del nivel del suelo, debajo de ella se encontraban las oscuras calderas y los barrios más bajos encerrados en la fortaleza. ¿Cómo había podido llegar hasta esta pacífica ciudad? ¿Cómo si Ciudad Rubra estaba al otro lado del Gran Océano Occidental? Sacaba conjeturas de aquí y de allá pero no le convencía ninguna y no tenía a nadie que le dijera si estaba o no en lo correcto. Abrió el pasaporte, no había foto, en su lugar había un agujero donde había tenido más pegamento, obviamente había sido arrancada furtivamente y esto le provocó el temor de que no fuera su pasaporte el que tenía en las manos. Trató de no darle importancia y comenzó a leer, las letras impresas estaban clarísimas pero las escritas a mano estaban borrosas, ya había notado que se había mojado el documento. En ese momento Marisa se acercó a la cama, se sentó y posó suavemente la mano sobre el antebrazo del extraño.
— ¿Qué pasa?
— No pasa nada, pequeña.
— Sí pasa, puedo sentir que está preocupado.
Él se quedó en silencio un momento, sopesando la incertidumbre.
— Encontré un pasaporte en el bolsillo de mi camisa.
— ¿Qué es un pasaporte?
Suspiró y sintió que comprendía la pregunta de la niña, también él se sentía perdido, lejos de todo conocimiento.
— Es un documento que dice el nombre de uno y la nacionalidad, sirve para viajar, así comprueban en otras ciudades que eres tú y no otra persona, y saben a dónde enviarte si te sucede algo.
— ¿Es como un collar para los perros?
— Sí, algo parecido.
— ¿Y qué dice el suyo?
— No estoy seguro, hay partes en que no se ve bien porque se mojó en algún momento y la tinta se corrió.
— No importa, ¿podría leerlo en voz alta para mí?
— Claro, veamos: Por orden del Real Gobierno de Ciudad Rubra se concede el presente pasaporte a… esta parte está borrosa, sólo puedo rescatar medio apellido, es “Winter-algo”.
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