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4 EL EMPERADOR (THE EMPEROR)


El emperador aparece en los sueños para contribuir al desarrollo y alcanzar las metas personales.

 

Comenzaba a clarear pero las nubes perezosas parecían no querer que comenzara el día así que cubrieron al sol con gris amenaza y se enrojecieron presagiando un día lluvioso.

Natael se levantó, dobló la colcha y la colocó sobre el escritorio junto con su almohada, sacó ropa limpia de sus cajones con mucho sigilo para no despertar a Gabriel que dormía profundamente en la cama revuelta. El moreno corrió las cortinas para evitar que la pobre luz matutina se colara y despertara a su invitado. Salió de la habitación y fue directo a ducharse, luego a la cocina para toparse con que su madre ya estaba despierta, esperándole con un delicioso desayuno casi listo.

— Huele bien, ¿qué hay para desayunar?

— Hice chilaquiles, ¿quieres?

— ¡Claro!

— ¿Y Gabriel?

— Sigue dormido.

— Ah.

El muchacho comenzó a preparar la mesa para que el desayuno fuera más placentero.

— Lo encuentro agradable. — Pensó en voz alta.

— ¿A quién? ¿A Gabriel?

— Sí. Es interesante. Lo que me recuerda que hoy quedé con unos amigos en el parque, me llevaré a Gabriel, ¿está bien?

— ¿Quiénes van?

— Son nuevos amigos, madre. Les gusta leer, los conocí ayer. Es una clase de club de lectura, todos comentan lo que leen y hasta dan ganas de devorar los libros para poder leer el siguiente y el siguiente.

— Sería bueno que luego los trajeras para conocerlos.

— No hay problema, les diré. Aunque he de advertirte que son algo peculiares.

— ¿Ah sí?

— Sí.

— Pásame unos platos.

Natael sacó tres platos de la alacena y se los entregó a su madre.

— Hay una chica que se llama Brandy.

— ¿Brandy?

— Sí, yo también pensé que era un nombre extraño. Y luego están Baxter y Kain. Kain es agradable, le gusta la poesía, habla con poesía.

— Eso sí es peculiar.

Luego de servirle a su hijo, Gloria sirvió su propio plato y ambos se sentaron a la mesa.

— ¡Ah! Quiero agua de fresa, ¿tenemos fresas?

— Creo que no.

— ¡Qué mala suerte! Entonces haré agua de naranja, ¿quieres?

— De acuerdo, pero se te va a enfriar el desayuno.

— ¡Nah! Soy rápido. — Y sin más demora sacó una jarra, azúcar y algunas naranjas.

 

Gabriel despertó y bostezó con pereza, se estiró un poco y se sentó en la cama. Al ver las mantas dobladas sobre el escritorio supuso que Natael habría salido desde temprano. Volvió a acostarse y se revolvió en la cama cuando se abrió la puerta con mucho cuidado.

— ¡Ah! Veo que estás despierto. Acabamos de desayunar pero si quieres puedo calentar un poco para ti. — Natael se sentó al lado del rubio y le miró un momento. — ¿Dormiste bien?

El pequeño asintió sonriendo.

— Bien. Si quieres ducharte, hay toallas en el baño y puedes tomar ropa mía de los cajones. Yo ahora debo salir a hacer algunas compras para la comida antes de que empiece a llover, pero tú siéntete libre de ir y venir por toda la casa, sólo la habitación de mi madre está prohibida a todo el mundo. — Se calzó los zapatos deportivos y salió de la habitación sin decir nada más.

El muchacho de ojos color miel volvió a bostezar y decidió que era mejor levantarse ya, antes de que Gloria se molestara. Hizo la cama tan bien como pudo pero no quedó como quería. Abrió las cortinas y gruesas gotas comenzaron a golpear contra la ventana cerrada. Se sentó a observar la lluvia por largo rato, luego vio a Natael llegar con algunas bolsas y completamente empapado, entonces se apresuró a bajar para ayudarle.

— ¡Ay, hijo! — Gloria ya corría con una toalla en las manos, misma que puso en los hombros de su hijo y enseguida le tomó las bolsas para llevarlas a la cocina. Gabriel se quedó de pie en las escaleras, observando la escena, después de todo no hacía diferencia alguna el que estuviera ahí, como siempre, parecía que nadie notaba su presencia.

— ¡Llueve a cántaros! Y el agua está helada. — Habló Natael envolviéndose con la toalla y entrando en la cocina con su madre.

— Ya me imagino. Mira, ahora que pensaba lavar…

— Mala suerte. Iré a ducharme. — Salió y encontró a Gabriel en la escalera, aún con la enorme playera como pijama. — ¡Hola! ¿Ya desayunaste?

La expresión del jovencito era entre triste y decepcionada, no hizo nada por responderle de ninguna manera, simplemente se dio media vuelta y volvió a la habitación. Natael le siguió, confundido.

— ¿Qué pasa? — Entró a su pieza y encontró al rubiecito sentado en la cama viendo las gotas de lluvia resbalar por el cristal. — ¿Dije algo malo? — Se sentó a su lado y le abrazó mojándolo a lo que éste respondió alejándose por el frío y la humedad.

— ¡Lo siento! No quise mojarte… Es que me preocupa que te pongas triste. — Se puso de pie y fue a buscar ropa en sus cajones. Un momento más tarde Gabriel le entregó una nueva nota en la libreta.

 

“Quería ayudarte, pero no fue necesario. Tú puedes todo.”

 

Natael lo observó confundido un momento, luego sonrió.

— Así que era eso. Bueno, si tanto quieres ayudarme será mejor que vayas a desayunar porque estoy seguro de que no saliste para nada mientras estuve fuera, ¿verdad? Y mientras yo me ducharé y…

Una nota más fue mostrada al moreno.

 

“No tengo hambre.”

 

— Pues no me importa, tienes que desayunar algo. No me hagas darte un largo sermón sobre nutrición… voy a ducharme antes de que me dé pulmonía.

Natael salió de la habitación y volvió minutos después para encontrar a su invitado tendido en la cama.

— A ver, ¿qué voy a hacer contigo? Tienes que desayunar, luego veremos qué ponernos a hacer.

 

Finalmente, luego de obligar a Gabriel a desayunar y a ducharse, Natael y su nuevo amigo jugaban dominó en la sala.

— Es agradable una vez que le coges el truco, ¿no?

Gabriel asintió y puso la ficha de cinco tres, logrando así quince puntos.

— ¡Eres bueno!

El timbre de la puerta resonó por toda la casa y Gloria se apresuró a atender.

— ¡Francisco! ¡Qué gusto! ¿Qué haces aquí con esta lluvia?

— Vengo a recoger a Gabriel, creo que ya causó muchas molestias.

El muchachito rubio ignoró a su padre e hizo una seña a Natael para apurarlo a hacer su siguiente tiro.

— ¿Y esa ropa? — Francisco notó que su hijo llevaba, además de su habitual bufanda, una camisa blanca y unos pantalones de mezclilla que le quedaban bastante grandes.

— ¡Ah! Natael le prestó la ropa para que tomara una ducha.

— Ya veo, entonces la regresaré después, espero que no les moleste.

— ¡Ya! — aquella palabra con ese molesto tono de incredulidad tan característico con que Natael la empleaba volvió a resonar en la estancia. — Si me molestara no le hubiera prestado nada, pero Gabriel ya es parte de la familia, como tú.

— Así que se llevan bien.

— ¿No era eso lo que querías?

— Es bueno ver que la pasen bien pero es hora de que Gabriel venga a casa.

El aludido siguió jugando con su amigo hasta que terminó el juego.

— Ese es el fin, ahora vayámonos, tengo que pasar donde tu madre, dijo que hoy tiene una comida y quiere que asistas con ella.

— No, que se quede. — Suplicó Natael a su madre. — Le prometí llevarlo conmigo esta tarde.

— Yo… no sé… — Gloría miró a su amado en busca de una respuesta.

— Mira, Natael, este es un compromiso que Gabriel debe cumplir, es parte de las obligaciones que tiene como hijo. Puedes llevarlo otro día.

Gabriel se puso de pie,  tomo a su amigo por la muñeca y lo arrastró escaleras arriba. En la habitación tomó la libreta y comenzó a escribir.

 

“Debo ir. No puedo decepcionar a mi madre, aunque casi podría jurar que todo es un truco para sacarme de aquí…

Te veré por la tarde en el parque, dile a la Princesa de esto, por favor.”

 

— Se lo diré. Pero quiero verte ahí por la tarde, se supone que estás bajo mi responsabilidad, si no llegas me preocuparé mucho y no sé dónde buscarte.

 

“No te preocupes por mí. Siempre consigo escaparme. Pero promete que me invitarás de nuevo a tu casa.”

 

— Te lo prometo. — Se sonrieron y enseguida Gabriel se puso los calcetines del día anterior y las botas, se arremangó los pantalones para que no le arrastraran y tomó el resto de su ropa. Ambos bajaron y se despidieron únicamente alzando la mano.


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