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0 EL BUFÓN (THE FOOL)


El bufón se encarga de desmoronar los planes preconcebidos.

— Arréglate ese cabello, jovencito. — Mientras lavaba los platos, Gloria llamó la atención a su hijo quien llevaba el cabello largo hasta los hombros y despeinado por haber despertado recién.
— Madre, por favor, ¡son las nueve de la mañana!
— Pero uno debe estar siempre presentable, Natael, especialmente hoy. Sabes que Francisco vendrá a cenar con nosotros.
— ¡Ya! — exclamó con incredulidad. — ¿Y de verdad va a venir o es puro cuento como la última vez?
— La última vez tuvo un imprevisto. — Recalcó mientras se secaba las manos en el delantal. — Quiero que vayas a hacer algunas compras por mí… — Abrió el frigorífico y revisó en el cajón de las verduras.
— ¡Vale! Y por la tarde quisiera ir a comprar un libro y quizá a la cafetería ¿puedo?
— Sólo si prometes llegar antes de las siete.
— ¡Madame, tenemos un trato! — chasqueó los dedos y sonrió triunfante. — Voy a ponerme decente y bajo para ir a las compras, no me tardo. — Sin más subió las escaleras a toda prisa y se metió a su habitación.
Por la tarde, Natael caminó de regreso a casa con un libro nuevo y un vaso de café capuchino casi vacío, se había agarrado el cabello en una pequeña coleta baja, como de costumbre. No tardó en reconocer el auto blanco aparcado frente a la puerta de su hogar; se quedó de pié admirando el vehículo, definitivamente le agradaba mucho, a lo mejor algún día Francisco le dejaría conducirlo, ya le había demostrado que era muy responsable, y con sus veinte años podía fácilmente sacar su licencia para conducir. Al percatarse de que el sol estaba ocultándose, revisó su reloj que ya marcaba las siete cuarenta y tres, siempre había sido muy exacto en el momento de revisar la hora en aquel viejo reloj que le había obsequiado su difunto abuelo cuando apenas era un mozalbete que se tiraba a jugar en el lodo. Sacó las llaves de su bolsillo, abrió la puerta de esa modesta casita de dos pisos que era su amado hogar y se topó con un hombre de traje gris, de cabello castaño claro y facciones duras que lo observaba desde el sillón de enfrente, ese era Francisco, un hombre admirable que se ganaba la vida como profesor de matemáticas en el campus local de la universidad estatal; a su lado, en otro sillón, se encontraba una mujer de ojos oscuros y cabellos negros, de apariencia gitana con varias pulseras y collares de los cuales pendían amuletos para la buena suerte, profesora de artes plásticas en el mismo campus, Gloria le sonrió a su hijo, en sus ojos se notaba cierta tensión. Pero no eran los únicos en la pequeña sala, había una persona más, unos ojos color miel enmarcados por una cabellera rubia se posaron momentáneamente sobre él y luego volvió a darle la espalda sentándose correctamente en el mullido sofá.
— Buenas noches. Lamento la tardanza… — Se disculpó dejando el libro y el vaso en una pequeña mesita que se encontraba en el pequeño pasillo. Se acercó y besó a su madre en la mejilla siendo correspondido de la misma manera.
— Llegas justo a tiempo.
— ¡Ah, qué gusto! — sonrió y enseguida saludó a Francisco con un apretón de manos, ese hombre pretendía a Gloria y ya había decidido no interferir entre ellos.
— Si hubieras llegado cinco minutos antes, seguro nos encuentras llamando a la puerta. — sonrió Francisco.
— Ya veo, entonces llego justo para una breve merienda y luego una deliciosa cena, ¿cierto?
— Estás en lo correcto, ahora voy a traerles té y unas galletas. — Gloria se levantó de su asiento y fue a la cocina.
— Bien, entonces los presento, Natael, este es Gabriel, es mi hijo. Y, Gabriel, él es Natael, es el hijo de Gloria, espero que se lleven bien.
— Es un placer… — Natael le tendió la mano al jovencito rubio y éste dudó por un momento pero luego le tomó la mano brevemente y enseguida le soltó fijando su vista en el arreglo floral que se encontraba en la mesita de centro. — No sabía que tuvieras un hijo…
— Quizá a tu madre se le olvidó comentarlo. — dijo despreocupado.
— Ah… sí, quizá… — Se sentó al lado de Gabriel y le miró un momento, definitivamente era un chico extraño, era pleno verano y llevaba un suéter tejido de color verde esmeralda que le quedaba bastante grande, y una bufanda rosa que le cubría la boca, unos pantalones negros entubados y unas botas militares color negro por encima de los pantalones. El jovencito le miró fijamente sin expresión y Natael se percató de lo femenino que era su rostro. — ¿Qué edad tienes? — Soltó la pregunta sin pensarlo y Gabriel continuó mirándole sin inmutarse. Un silencio sepulcral llenó la atmósfera hasta que Gloria apareció con la bandeja del té, sirvió a todos una taza y ofreció felizmente las galletas que había horneado por la mañana.
— Gracias, cariño. — Habló Francisco mientras tomaba una galleta.
Gloria sonrió.
— Gabriel, ¿quieres una galleta? — Por el tono que empleaba su madre, Natael supo que era la primera vez que veía a aquel muchachito.
Gabriel miró fijamente a la mujer y luego volvió su vista a las extrañas figuritas de duendes, hadas, ninfas y demás seres que adornaban toda la estancia.
— Déjalo, aún está molesto porque quería irse a la calle con sus amigos. — Dijo Francisco mientras daba un sorbo a su taza de té.
— A lo mejor la mejor opción hubiera sido que fuera con ellos, no tiene caso que lo retengan a la fuerza, ¿no? — Y en el acto todos voltearon a ver al joven de cabellos negros. — Bueno, fue una sugerencia.
— Está bien, pero algunos niños deben aprender modales antes de poder ir a jugar.
— Um… Bueno… — Ante el comentario de Francisco, Natael se levantó y abrió un cajón de la mesita en la que antes dejara su libro nuevo, sacó una carta de las que ahí se encontraban y la observó con detenimiento.
— ¿Qué te dicen, hijo?
— Je… sólo les pedí que me dijeran quién es Gabriel. — Sonrió y mostró la carta para que todos la vieran. Gabriel se sintió ofendido al ver que el título de la carta rezaba The Fool. Se puso de pié e hizo una breve reverencia para luego dirigirse a la puerta, mas su padre fue más rápido que él y le tomó por la muñeca con tanta fuerza que le hacía daño.
— No se lo tomen literal, las cartas hablan con metáforas… — trató de defender la mujer, pero el ambiente se sentía más tenso a cada segundo.
Gabriel miró con resentimiento a su padre.
— Compórtate. — ordenó terminantemente. — Sabes que eres débil ante mí, así que deja de hacer pataletas y compórtate como persona civilizada.
Por lo bajo, Natael sonrió y agradeció silenciosamente a los arcanos volviendo a ponerlos a salvo y cerrando el cajón.
— Madre, ¿puedo salir un rato?
— Pero acabas de llegar…
— Sí, pero de verdad necesito algo de nicotina.
Ese comentario llamó la atención de Francisco.
— ¡¿Fumas?! — Inquirió sorprendido.
— Y tú tenías bien escondido a este niño. Creo que los problemas familiares van a comenzar a salir a flote. — Se sonrió y, de otro cajón, sacó una cajetilla dorada y un encendedor plateado. — Estaré por ahí, no me tardo. Gabriel, ¿vienes?
No lo dijo dos veces, el pequeño rubio se soltó del agarre de Francisco y fue a tomar la mano de Natael. Salieron de la casa y el mayor encendió un cigarrillo, le dio una calada y miró al cielo. Sin soltar la mano de Gabriel comenzó a caminar calle abajo.
— Creo que lo que los arcanos querían decir es que la cena que mi madre planeó toda la semana no iba a ser como lo tenía previsto. Sería bueno que aprendieras a interpretar los mensajes de las cartas.
Gabriel seguía en silencio, mirando fijamente al piso.
— ¿Qué pasa? ¿Sigues molesto?
El rubio negó con la cabeza y miró a Natael al tiempo que doblaban la esquina.
— ¿No te agrado?
Gabriel se encogió de hombros y volvió a mirar al piso.
— Umm… — El mayor le dio una honda calada a su cigarrillo y se relajó. — A lo mejor es que no tienes deseos de hablar… a veces eso me pasa pero no puedo darme el lujo de preocupar a las personas que me quieren… — volvió la vista a su acompañante y se detuvo. — Creo que ya todo estará mejor, vamos, volvamos a casa. — Echó a andar de regreso pero el pequeño se quedó quieto. — ¿Qué pasa? ¿No quieres volver? — Una negativa silenciosa fue la respuesta, luego Natael se acercó y acomodó los rubios cabellos que el viento había osado remover de su sitio, fue entonces cuando vio dos bolitas de metal prendidas de la ceja izquierda de Gabriel.
— Vaya… Un piercing.
Gabriel se echó hacia atrás varios pasos y miró con molestia al mayor quien sostenía el cigarrillo en los labios.
— Está bien, a mí no me molesta, al contrario, pienso que te luce muy bien. — Hizo una pausa y suspiró cansinamente. — Niño, tienes más problemas de los que aparentas, ¿no?... Pues venga, vamos a casa y comenzaremos por resolver ese que tu padre tiene contigo.
Sin más el silencioso jovencito tomó la mano del mayor y lo llevó de vuelta a la casa, tocó la puerta y fue Gloria quien atendió.
— Tabaco fuera. — Dijo tomando a Gabriel por el brazo e instantáneamente Natael se deshizo del cigarrillo y entró a la casa. — Vamos a cenar justo ahora, los estábamos esperando. — se llevó al muchachito a la cocina y Natael se percató de la presencia de Francisco en la sala.
— ¿Qué?
— Quiero hablar contigo. Ven, siéntate.
— Bien. — Tomó asiento en el sofá de antes y se quedó viendo a su interlocutor. — Anda pues, ¿de qué querías hablar?
— De lo que hiciste hace un momento.
— ¡Ya! — exclamó con su habitual tono de incredulidad. — ¿Qué hice mal? Sólo esperé a que todo se calmara, además creo que fue mi culpa que Gabriel se molestara, ¿no?
El hombre negó con la cabeza.
— No entiendes, Natael. Gabriel es un niño impulsivo, cualquier cosa le molesta, es muy problemático, y no espero que me ayudes a controlarlo, yo sé cómo hacerlo, es mi hijo. Por eso te pido que no vuelvas a defenderlo, debe afrontar las consecuencias de sus actos.
— A lo mejor lo que le hace falta es que alguien se preocupe por él. — Hizo una breve pausa mientras se llevaba a la boca una de las galletas que seguían en la mesa y Francisco lo miraba como sin comprender lo que decía. —… No me dirás que tú le dedicas un rato a hablar con él de cómo fue su día o de si el cereal con leche es mejor que el chocolate caliente.
— ¿Qué de relevante tienen esos temas?
— ¿Ves? Ahí está el punto. — Tomó otra galleta. — Yo no tengo hijos, ni soy profesor, mucho menos tengo maestría en pedagogía o puericultura, o lo que sea, pero sí te puedo decir algo, Francisco, a ese niño le falta atención y la cena debe estar servida ya. — se levantó y fue a la cocina dejando al hombre perplejo, meditando las palabras recibidas.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Hola.
Este fragmento me ha dejado enganchado ¿por qué? porque la introducción repara en ambigïuedades, deja mucho a la imaginación y la has cortado en un momento de acción, respuesta.
Jejeje me parece que has de estar muy ocupada con otros deberes como para actualizar este blog, ya que veo que lo has publicado en Junio.
Apenas me di una vuelta por acá gracias a que una liga de un amigo me llevo a otra liga y asi consecutivamente hasta que di con la tuya =P
Espero -al menos- si estas esperando que haya mas audiencia para seguir publicando la historia, puedas terminarla.
Me pasearé constantemente por acá para ver si ya has actualizado.
Saludos y continúa con empeño.
Von Marmalade ha dicho que…
Gracias, Fen, por tu maravilloso comentario. Sinceramente no pensé que a alguien le importaría ^^u
Si no había publicado ha sido más por descuido que por no escribir, porque tengo escrita la mitad de la historia ya ^^.

Espero que te siga gustando ^^ y gracias por el comentario.

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